01
Oct.
2014
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com.

Ayudadores y ayudados

Passive agressive, de Kelly Power.


Ayudar es hermoso. A casi todos nos gusta ayudar, porque disfrutamos con ello y nos satisface personalmente. Pedir ayuda ya es otro cantar; a pesar de que todos la necesitamos en algún momento, ¡cuánto nos suele costar solicitarla!

Tanto para prestar ayuda como para recibirla e integrarla es necesario saber hacerlo. Querer ayudar no es suficiente, solicitar ayuda tampoco. Una y otra dimensión de la misma realidad requieren una disponibilidad y predisposición determinadas.

Ayudar es ofrecer a alguien que lo necesita, recursos para afrontar de un modo saludable una situación complicada o para avanzar en su camino de crecimiento personal. Para ello es necesario construir y desarrollar la relación y facilitar la acción, teniendo muy presente, como decía Carl Rogers, que “la relación de ayuda está centrada en la persona.”

Visto de esa manera, la relación de ayuda es un caminar juntos, ofreciendo nuestra experiencia, conocimientos y habilidades sin ocultar nuestros límites o debilidades. Así, resultan imprescindibles los siguientes ingredientes:

 

  • Empatía y disponibilidad
  • Aceptación positiva e incondicional, desde el no juicio
  • Autenticidad y congruencia, y esto pasa por ser uno mismo. Para llegar ahí es necesario conocerse bien, haber trabajado en nuestro conocimiento interior resolviendo nuestros conflictos, especialmente aquellos que tenemos con nuestros padres. Y esto es un trabajo que puede durar toda la vida...


Recogía en una reflexión anterior los tres órdenes del amor, desde la perspectiva sistémica desarrollada por Bert Hellinger. En este sentido, y conectando con los tres órdenes del amor (pertenencia, orden, equilibrio entre dar y recibir), Hellinger establece los que llama órdenes de la ayuda:

1- Reconociendo mis límites y los del otro aprendo a tomar sólo lo que necesito y no más. Lo que no necesito, me sobra. Sólo podemos dar aquello que tenemos, y sólo tomaremos lo que realmente necesitamos. Hay límites en el dar y el tomar y esos límites y el respeto hacia los mismos forma parte del arte de ayudar. Los desórdenes en la ayuda tienen lugar cuando nos empeñamos en dar lo que no tenemos o en tomar lo que el otro no puede ofrecernos. Así reconozco mi lugar y desde ahí puedo ayudar: desde aquí hasta allí, ésos son mis límites, eso es lo que tengo para ofrecerte.

2- La ayuda está al servicio de la supervivencia, por tanto, está al servicio del desarrollo y del crecimiento, que a su vez dependen de circunstancias especiales, tanto internas como externas. El segundo orden de ayuda establece que nos rendimos (en el sentido de aceptar, respetar) ante esas circunstancias ajenas a nuestro poder de actuación, y sólo intervenimos hasta donde ellas me lo permitan.

3- Ante un adulto que acude en busca de ayuda, el que la presta se presenta también como adulto. De adulto a adulto. El adulto que se posiciona en la queja, en el victimismo, el que se queda anclado en una posición infantil, no es adulto. Si no nos ubicamos en nuestro lugar cuando pedimos ayuda, no nos estamos haciendo responsables de nuestra vida, y por tanto, la ayuda que recibamos no va a resultar útil ni provechosa. Si es un menor el que es ayudado, como adultos sintonizamos con ellos y los ayudamos a mirar desde su propia responsabilidad.

4- La ayuda y la empatía del que ayuda debe ser menos personal y más sistémica, aportando confianza,  amor y acompañamiento. Nos equivocaríamos si nos sintiésemos protagonistas de los cambios y avances de esa persona o si no mirásemos ni reconociésemos el aporte e influencia de otros que también tienen claves para la mejora o la solución.

5- La ayuda implica el amor y la aceptación de la persona tal cual es, sin juzgarla y sin sentir lástima por ella, porque esa actitud la debilita. Cuando ayudamos debemos abrir nuestro corazón al otro y convertirnos en parte suya. Así, cuando reconciliamos algo en nuestro propio corazón, también algo puede reconciliarse en el sistema y en el corazón del otro. Por eso el no juzgar. Por eso el ayudar desde mi lugar. Por eso el trabajo personal previo.


Alfonso Malpica, en un fascinante taller sobre constelaciones organizacionales, añadía además dos órdenes más que me parece interesante recoger aquí también:

6- La ayuda tiene que ser pedida, de lo contrario, nos metemos donde no nos llaman y cuando no nos llaman. Al hacerlo así, estamos saliendo de nuestro sitio y además, esa ayuda no será provechosa. Si no nos solicitan la ayuda, nosotros no tenemos nada para dar.

7- Después de haber prestado la ayuda, sobre todo si ayudar es parte de nuestro trabajo, dejamos el asunto fuera, en el lugar de trabajo. No cargamos con ello ni nos lo llevamos a casa porque no es nuestro. No nos corresponde a nosotros llevarlo a cuestas.

Como seres humanos y mamíferos que somos, y aunque para nuestro perjuicio hayamos perdido casi el espíritu de manada, dependemos del otro para desarrollarnos, ya sea a través del dar o del recibir. Ambas acciones son necesarias, y el equilibrio entre las mismas también lo es.

Ayudar, ya sea desde una perspectiva profesional o personal, es un arte, y como tal requiere de práctica, sabiduría y destreza. La voluntad no es suficiente. Cuando obramos así, comprendiendo y respetando las circunstancias del otro, lo hacemos grande, lo reforzamos, impulsándolo a crecer. Así crecemos nosotros también.

Con humildad, sin colocarnos por encima de nadie ni fuera de nuestro sitio; con honestidad, sin esconder nuestras debilidades; con mucho amor y respeto, aceptando al otro sin juzgarlo ni compadecerlo.

Con todo esto pretendo invitar a la reflexión, por supuesto: ¿cómo ayudamos y, cuando nos atrevemos, cómo y desde dónde pedimos ayuda? Dar y/o recibir ayuda, ¿nos potencia o nos debilita?



“El amor llena lo que el orden abarca.
El uno es el agua, el otro el jarro.
El orden recoge, el amor fluye.
Orden y amor se entrelazan en su actuar.
Como una melodía, al sonar, se guía por las armonías,
así el amor se guía por el orden.
Y como el oído difícilmente se habitúa a las disonancias,
por mucho que se expliquen,
así nuestra alma difícilmente se hace a un amor sin orden.
Algunos tratan a este orden
como si no fuera más que una opinión,
que pudieran tener o variar a gusto.
En realidad, nos viene dado:
actúa aunque no lo entendamos.
No se idea, se encuentra.
Lo conocemos, igual que el sentido y el alma,
por su efecto.”


Bert Hellinger

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