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Nov.
2014
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com.

Atención, intención, conexión

Kusho #1, de Shinichi Maruyama


La intención, dice Wayne Dyer, es algo a lo que me conecto yo, voluntariamente, desde mi poder y responsabilidad, y eso a lo que me conecto es la Fuente, el campo energético que le da vida a todo. Todos nosotros, todo lo que nos rodea, está conectado a esa fuente para poder existir. Algunos, como él, lo llamarán Dios, otros Vida, Naturaleza, Energía… Cada uno podemos tener nuestra propia etiqueta identificativa. La palabra elegida en verdad no cambia nada.

Si admitimos que es así, que bebemos de esa fuente y que en ella nos alimentamos, Dyer pregunta, ¿cómo de limpios o de sucios están esos conductos que nos conectan con la fuente de energía? ¿Qué tipo de mantenimiento, si hay alguno, llevamos a cabo para que estén en buen estado? Porque cuando los conectores están limpios, nosotros nos convertimos también en fuentes alternativas dadoras de energía. Así es como podemos ofrecer más y mejor, nutriéndonos a la vez más y mejor también a nosotros mismos.

Einstein decía que tenemos una decisión capital que tomar: “¿Decido vivir en un universo amistoso o en un universo hostil?” Y conectando con esto, Dyer afirma en una de sus citas más universales que “cuando cambias el modo en el que miras las cosas, las cosas a las que miras cambian”.

¿Cómo hacemos entonces para mantener limpios de corrosión y suciedad nuestros hilos conectores? Cultivando precisamente el poder de nuestra intención.

El poder de la intención pasa por 7 fases con las que, idealmente, tenemos que vivir en armonía para tener una una vida plena. Cada una requiere de un tiempo y de un lugar para desvelarse y no existen fórmulas universales sino el trabajo individual de cada uno para transitarlas a nuestro ritmo y respondiendo a nuestras necesidades.

1- Creatividad: cuando vivimos y funcionamos desde el espíritu, desde el ser esencial, estamos creando de la manera más pura y auténtica. Todos tenemos ya esa música dentro de nosotros y nuestro trabajo es sacarla, entregar esa luz, encontrar la manera de servir a los otros ofreciendo eso que es tan nuestro y que se nos da bien. Eso es crear.

2- Bondad: significa vivir en paz con todo y con todos, empezando por nosotros mismos. Cuando somos amables con nuestro entorno y con las personas que nos rodean segregamos serotonina, la hormona del bienestar,  entonces nos sentimos bien y hacemos que el otro se sienta bien también. Ejercitarnos en ello hace que se refuerce nuestro sistema inmunológico. Así que practicar la bondad beneficia al otro y me genera salud.

3- Amor: pasa por respetarnos a nosotros mismos en todas las ocasiones, confiando. Si no me quiero, si me desprecio, ¿qué tengo para entregar a los demás? Llevado al colectivo, cuando elegimos cooperar en lugar de competir estamos llevando el amor a la acción, y dejamos de vivir en el amor cuando juzgamos o cuando no estamos alineados con esa Fuente primigenia de vida y energía.

4- Belleza: Dyer cita a Keats “La belleza es verdad, eso es todo lo que conocemos en la Tierra y todo lo que necesitamos saber”. Encontremos belleza en todo, todo el tiempo. Si afinamos los sentidos, siempre es posible hallarla.

5- Expansión: en conexión con la creatividad, la imaginación es más importante que el conocimiento. Todos somos genios cuando nacemos y perdemos esas cualidades en el camino. ¿Estamos expresando y expandiendo nuestra genialidad, nuestras cualidades y habilidades? ¿Les estamos dando salida?

6- Abundancia: aunque este punto es difícil de integrar en épocas complicadas como la que estamos viviendo, Dyer viene a decirnos que en realidad nada falta, que todo está disponible. Si no tengo suficiente se lo comunico a la Fuente. Agradezco lo que tengo y trabajo por lo que quiero conseguir, y lo hago siempre compartiendo.

7- Receptividad: atraer a las personas y a las relaciones que van a sumar a mi vida. ¿Estoy receptiva hacia los demás? Practicando el querer para los demás lo que queremos para nosotros mismos podremos encontrar eso que anhelamos en cada momento.

Cuando vivimos en conexión con estas 7 intenciones el universo conspira para darnos lo que necesitamos, siempre en el momento preciso, justo cuando me toca. Así me convierto en una canal de mi propia paz interior. Y si soy paz, eso es lo que tengo para dar.

Al aprender a conectarnos con ese poder de la intención afinando también la atención en cada paso (el enfoque, la concentración y dedicación en eso que hacemos), descubrimos no sólo que nosotros nos encontramos mejor sino también que nuestra presencia tiene un impacto beneficioso en los demás, incluso cuando no estamos siendo conscientes de ello, cuando no hacemos o decimos desde esa conciencia. Tal vez se sientan más tranquilos, más amorosos, más comprensivos o disponibles junto a nosotros, porque en lo profundo así es como nosotros nos sentimos y desde ahí, por tanto, nos vamos a relacionar. A eso estamos conectados y eso es lo que transmitimos. Así es como nos convertimos en vehículos de inspiración y de grandeza.

Wayne Dyer comparte también 12 ‘diyerismos’ a modo de resumen para animarnos a practicar esa conexión:

1) Desea más para los demás de lo que ansías para ti mismo

2) Piensa desde el final, a partir de los resultados

3) Aprecia la vida y busca lo valioso que hay en ella

4) Mantente en sintonía con la fuente de energía

5) Comprende tus resistencias

6) Practica el verte rodeado de aquello que quieres crear

7) Entiende el arte de permitir y aceptar

8) Practica la humildad radical

9) Permanece en un estado constante de gratitud y generosidad

10) No resuelvas un problema condenándolo

11) Juega, participa, implícate

12) Medita


Hoy he podido conectar este particular resumen mío de la obra de Dyer con los tres errores que Joan Garriga, en su libro Vivir en el alma, nos invita a evitar si lo que queremos es lograr vivir una vida plena:

1-  Evitar no dar lo que tenemos: una actitud cobarde que nace del miedo. Si nos dejamos llevar por ese miedo, no sólo nos hace cobardes sino también egoístas. Si el miedo aquí se convierte en nuestro enemigo nos toca pensar también que tenemos aliados: el valor, la confianza, la humildad… Todos recibimos al nacer cualidades, talentos, habilidades. Dones y regalos que a menudo resulta difícil encontrar y desenvolver, de tan escondidos e inaccesibles que están. Sin embargo no hay mayor gozo que desarrollar esos talentos una vez desempolvados, y entregarlos, haciéndolo “con determinación, cuidado y excelencia”.

2- Dar lo que no tenemos sería, en contraposición al primero, el segundo gran error. Un sinsentido además, porque ¿cómo es posible dar eso que uno no tiene? Caemos en el autoengaño primero y luego en el engaño al otro. Mejor buscar nuestra propia verdad y sostenerla tal cual, tratándola con cariño y respeto, construyendo despacito nuestra vida sobre ella. Más vale construir sobre la verdad, que al menos permanecerá firme, que hacerlo sobre un montón de mentiras. La verdad, en última instancia, siempre nos hará libres.

3- No procurar distinguir entre lo que tenemos y lo que no tenemos. Este tercer y último error nace de la inconsciencia, de esa actitud que consiste en permanecer ignorantes sobre quiénes somos de verdad, en lo profundo. “De este modo nos volvemos perezosos a la hora de escuchar nuestra verdad interior, y distinguir nuestra naturaleza y predisposición, nuestras posibilidades y límites”. Y continúa: “No hay más bella indicación que la de detenerse ante uno mismo para escuchar los susurros del corazón en las horas más calladas de la noche. Si la ignorancia y la inconsciencia es el enemigo, lo que ayuda aquí es la disposición decidida a escucharse y respetarse a uno mismo. Lo que sirve es comprometerse a ser testigos de nuestra experiencia, a tomar conciencia de las sutilezas de nuestras vivencias. Estar decididos a saber”.


Me maravilla darme cuenta de cómo, después de algunos años, retomo esos libros subrayados y anotados en los márgenes, esos apuntes amarillentos ya por el tiempo y por el uso, y siento como todo conecta entre sí. Como eso a lo que me entrego ahora con tanto entusiasmo y dedicación es parte intrínseca de aquello que leí, que anoté, que escribí o que escuché y que me tocó el alma. Como si por una suerte mágica, todos los caminos me han llevado al mismo destino, como si todos los puntos, efectivamente, generen una imagen con sentido una vez conectados.

Entonces no importan las épocas, las nacionalidades o los enfoques de esos Maestros que dijeron o escribieron esto o aquello porque de pronto, todo conecta, todo se desvela ante mí como una pieza preciosa perfectamente engranada. Todo tiene sentido. Y esas voces, vengan de donde vengan, se convierten para mí en conectores directos.

¿Será verdad entonces que esa Fuente existe, que está viva y que todos somos gracias a ella?

 

 

“Contemplad pues con humilde mirada
la pieza maestra de la eterna tejedora:
cómo anima mil hebras una sola pisada,
las lanzaderas disparan a un lado y a otro
y las hebras fluyen encontrándose
y un solo golpe sella mil uniones;
eso no lo reunió ella mendigando,
lo ha ido maquinando desde la eternidad
a fin de que el eterno gran maestro
pueda tranquilo urdir la trama”.


(Goethe, poema La eterna tejedora)

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