02
Sep.
2015
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com.

Amor en acción


I have a suit in my closet with the pockets cut out. It's a reminder to me that I won't be taking anything with me. The last I wear won't need any pockets.”

Tengo un traje en mi armario con los bolsillos cortados. Es para mí un recordatorio de que no me llevaré nada conmigo. Lo último que lleve puesto no necesitará bolsillos.


Éste fue el comentario que Wayne Dyer publicó en su perfil de una red social el 28/08/15. El 31 del mismo mes, su cuerpo físico se apagó.

Dice fu familia que lo hizo durante la noche, plácidamente, mientras dormía. Ojalá que así fuese, aunque que llevaba varios años conviviendo con un cáncer que no sé cuánto pudo condicionar sus últimos días y la calidad de su despedida.

Wayne Dyer ha sido para mí un faro en el camino, tal vez el primero cuya luz me ayudó a aferrarme a tierra firme cuando me sentía a la deriva en mitad de un mar removido y tumultuoso.

Cuando un maestro así se marcha, la fortuna para los que nos quedamos llega en forma de legado a través de libros, de audios, de videos… Así que, aunque su familia y amigos cercanos extrañen tremendamente su presencia, a todos nos quedan como bálsamo sus palabras, su imagen y su voz profunda. Es como si no se hubiese ido nunca, como si jamás pudiera ya marcharse. Él decía que somos seres espirituales atravesando una experiencia terrenal, y que el cuerpo físico es sólo un continente temporal para esa alma que seguirá fluyendo como viene haciéndolo desde siempre. Es una creencia hermosa en la que depositar la esperanza cuando quien se marcha es alguien importante para nosotros. A mí al menos me consuela, me llena de paz y siento un profundo y genuino bienestar que me ayuda a seguir adelante.

El homenaje más valioso que podemos hacerle a nuestros queridos maestros y a nuestros seres queridos cuando abandonan esta existencia física dejándonos aquí atrás, es precisamente honrarlos con nuestra vida, integrando lo que aprendimos con y gracias a ellos en cada paso que damos, siendo las mejores personas que esté en nuestra mano ser, y hacerlo así cada vez, todos los días que nos queden en cuenta.

Wayne Dyer tiene para mí muchos dones (un físico imponente, unos ojos dulces, una mirada magnética, una voz firme y envolvente, fortaleza vital, conocimiento, vivencias personales ricas, autenticidad, sabiduría, amabilidad…); pero uno que siento valioso por encima de todos es la natural sencillez con la que transmite los conceptos y las ideas de las que habla. Es muy fácil perderse en elucubraciones conceptuales sostenidas por alardes del intelecto cuando lo que se exponen son apreciaciones psicológicas, filosóficas y espirituales.

Pero ése no es un pie del que cojea Dyer; yo siento que cualquier persona que lo escuche, sea cual sea su edad, origen y formación, puede conectar con lo que el maestro promulga y comprender sus argumentos y disertaciones. Eso es un tesoro, una garantía de continuidad, una confirmación de que esas ideas encontrarán sucesión y por tanto desarrollo en muchísimos y muy diferentes lugares del mundo. Saber y poder llegar a tantas almas es el atributo más hermoso que un ser humano puede atesorar, y ser capaz de darle salida y desarrollarlo en vida, un triunfo.

Wayne Dyer salió muchas veces a escena con una naranja en la mano, utilizando la siguiente metáfora para explicar un concepto tan sencillo y obvio que, por simple, cada día se nos escapa de las manos.

Si estrujamos una naranja tan fuerte como podamos, ¿qué sale de ella? Zumo, efectivamente (algo de pulpa o incluso de pepitas también si las tiene, pero básicamente zumo). Y no cualquier zumo; por mucho que exprimamos esa naranja jamás obtendremos zumo de manzana o de limón o de uva; será siempre zumo de naranja.

Y ¿por qué? ¿Por qué al exprimir una naranja lo que sale es zumo de naranja? Porque eso es lo que la naranja contiene. Evidente.

Asumamos que esta naranja no es una naranja, sino yo misma, o tú, cualquiera de nosotros. Si alguien me exprime, me presiona, me estruja, me ofende, me agrede, y yo respondo con ira, con enfado, con miedo, ¿por qué lo hago? Evidente también: porque eso es lo que tengo dentro.

Y lo que llevamos dentro, ahora que somos mayores, depende de nosotros. La elección, ahora sí, es nuestra.

Me encuentro en un momento interno intensamente convulso, cuestionándome mis qués y mis cómos cada día, buscando mis preguntas y respuestas allá donde una clave me resuena. Ayer murió uno de mis referentes y maestros y además de llorarlo volví a él, a sus enseñanzas. Tomo de la estantería uno de sus libros, concretamente el que me regaló mi amiga Susanne hace ya 11 años, abro un par de páginas al azar y me detengo en la tercera, posando mi vista en un párrafo que dice así:

“Lo único que puedes hacer con tu vida es darla. Sentirás que estás realizando tu objetivo si puedes encontrar un modo de estar siempre al servicio de los demás. El objetivo de la vida tiene que ver con la idea de servir. Tiene que ver con dejar de centrarnos en nosotros mismos y en nuestro propio interés para servir a los demás de uno u otro modo.”

Así que en mi encrucijada actual el maestro parece decirme: “Gloria, deja de tomarte tu vida de un modo tan personal; para ya de sentirte el centro del mundo y muévete en pro del prójimo; haz en favor del otro y céntrate en eso en lugar de hacerlo en ti. Así se disiparán tus dudas y emanará tu bienestar.

Escucho a mi maestro y me pongo manos a la obra, ante todo para honrarle y honrarme a mí misma en el camino, agradeciéndole una vez más su amorosa, cercana y transparente sabiduría.

Te veo zambulléndote en la Fuente, Maestro, enviándonos sonrisas cristalinas cargadas de mensaje. Todo está bien y es perfecto. Gracias por haber sido y por seguir estando ahí. Te quiero. Siempre.

 

 

"Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

(Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.)"


(Epitafio, de Juan Gelman)

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