04
Mar.
2015
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com.

Abuso infantil y violencias invisibles

Obra en carboncillo parte de la serie 'Birdchildren', de la artista Beatriz Martín Vidal.


He querido que el título de este artículo, utilizando expresiones de Laura Gutman, sea bien explícito, a pesar de que pueda herir algunas sensibilidades. Así quien decida aproximarse a él sabrá de qué vamos a hablar. Y antes de adentrarme en ello quiero agradecerle a mi gran Maestra el aprendizaje que me está desvelando desde que comencé a zambullirme en sus libros algunos años atrás.

Hace unos días veía en la 2 una película franco-canadiense que me impactó: Profesor Lazhar. Si no la has visto y quieres verla, tal vez prefieras dejar de leer este artículo, porque te la voy a destripar de principio a fin. Aunque también es cierto que aquí hago mi propia lectura y tal vez tú recibas mensajes diferentes a los míos. Yo, en cualquier caso, aviso.

La acción se desarrolla en un colegio, y los protagonistas son alumnos y profesores (los padres también, aunque visiblemente, algo menos, y esto también tiene sentido). Pero no es sólo una peli de profes y alumnos. Es una peli sobre la muerte, sobre el duelo de pequeños y mayores, sobre los dolores del alma humana y sobre seres humanos heridos que por consiguiente, hieren, porque no conocen otra manera de ser ni de hacer.

Martine es una profesora, por lo que se infiere, muy popular y querida en el colegio tanto por los niños como por sus compañeros. Se dice de ella que era "muy cariñosa" con todo el mundo; coloca las sillas en semicírculo para "generar equipo" y practica una pedagogía respetuosa y abierta. Sin embargo también se dice de ella que "llevaba mucho tiempo mal" y que padecía ansiedad. Así que yo me voy haciendo mi esquema de situación: una adulta 
"muy cariñosa" (¿qué significa esto?) con problemas emocionales evidentes al cargo de un aula de niños de 10-11 años. Sin duda material para una historia.

Martine decide suicidarse una tarde, y lo hace colgándose, no de cualquier sitio sino justamente dentro de ese espacio de convivencia y aprendizaje que es su aula en el colegio. Uno de sus alumnos, no cualquiera sino según dicen los personajes "su favorito", es el que encuentra al día siguiente por la mañana el cuerpo sin vida colgando del techo. Podemos sentir casi el impacto que esta visión puede tener en un niño. Seguimos.

Bachir Lazhar es el profesor sustituto. Un argelino de mediana edad que lleva ya un tiempo en el país. Parece un hombre tranquilo, cortés, buena persona. Sin duda lo es. Pero también es un mentiroso. Lazhar en realidad no es profesor. Miente a la directora del colegio para conseguir un trabajo que necesita, no sólo por el dinero sino sobre todo para sobrevivir a su propio drama interior. Más adelante descubrimos que está en mitad de un proceso judicial para conseguir la consideración de refugiado político, puesto que de volver a su país, corre peligro de ser asesinado por radicales. Una condición para lograr la integración legal es obtener un empleo y a él le gusta enseñar, aunque más allá, intuyo que el colegio y los niños son una burbuja de escape, felicidad y satisfacción para este hombre destrozado por dentro.

El peligro de muerte que correría de volver a su país es real: su esposa era de hecho la maestra de escuela comprometida, escritora de un controvertido libro que denuncia la situación social argelina como consecuencia de las acciones terroristas. Los extremistas, por supuesto, condenan el libro y a ella con él. La amenazan y persiguen, para terminar incendiando con trágicas consecuencias el edificio en el que ella y sus hijos se alojaban. La familia de Bachir, esposa y dos hijos, muere en ese incendio, mientras que él se había adelantado en su viaje a Canadá para preparar la emigración de toda su familia.

Lazhar ha llegado tarde. No ha podido proteger a su familia. Esto es sin duda un drama enorme para este hombre bueno.

Así que el falso profesor Lazhar tiene que asumir su dolor, su duelo y su culpa mientras que sus alumnos atraviesan el suyo propio como los demás adultos se lo permiten.

Es curioso cómo, en una actitud tan comprensiva y protectora como superficial, tanto la dirección del colegio como los padres quieren gestionar el duelo de los niños: pintan el aula de otro color, incorporan rápidamente al profesor sustituto, establecen sesiones de terapia de grupo con la psicóloga del centro… Pero hacen todo lo posible para que no se vea, no se hable, no se mencione nada más fuera de ese espacio (el aula) que se ha elegido para gestionar ‘eso’ (en teoría, el duelo de los chicos).

El profesor Lazhar, que lleva su propio duelo familiar a cuestas, entiende y percibe la necesidad que los niños tienen de hablar de lo sucedido y los acompaña como puede, teniendo en cuenta las limitaciones que la ley y las normas del centro le imponen. La humanidad humana se diluye mientras que las leyes humanas se imponen.

Alice y Simon son dos alumnos de la clase, muy amigos, y justo los dos que han visto el cuerpo de Martine colgado en el aula. La redacción que Alice escribe hablando de la violencia y de cómo se siente ante lo sucedido es demoledora. El extraño comportamiento de Simon desconcierta a todos, especialmente a su amiga, que le reprocha su actitud y lo culpa del trágico incidente. Ese niño termina estallando en un grito y en llanto para contarnos su verdad, una verdad que nos aclara toda la historia y desenmascara a todos los adultos que forman parte del escenario.

Así que vamos atando cabos: una profesora con problemas emocionales en un aula de tiernos niños. Un niño seguro desatendido en casa que es ‘atendido’ (incluso le hacía regalos… ¿Una profesora comprándole regalos a uno de sus alumnos en particular?) en el aula por una profesora adulta tan ‘cariñosa’ como necesitada. Blanco y en botella. Escenario de abuso. ¿Abuso sexual? No necesariamente, o sí.

Meses antes del suicidio, Simon dijo en la escuela que Martine le había besado, y nadie le creyó; ¿por qué vamos a creer a un niño, claro, con lo que inventan y con lo que les gusta llamar la atención? El colegio entero se posicionó en su contra. No se menciona, pero por supuesto, su madre seguro que tampoco lo creyó. Así que tenemos a un niño de 10 años completamente solo en su problemática interior. La única compañía, la de su profesora-depredadora.

Tras el suicidio de Martine, implícitamente, todos lo sienten culpable del hecho: la maestra no ha podido soportar la presión generada tras la supuesta mentira del alumno. Y aquí obviamos algo de radical importancia: un niño jamás puede ser responsable de las acciones cometidas por un adulto. El adulto siempre debe velar por el bienestar y la protección del niño. Siempre.

Simon grita en su defensa final: “¡No me besó pero me abrazaba (lo cual indica reiteración en las acciones de la maestra) y a mí no me gustaba que me abrazara! Se comportaba como mi madre y ella no era mi madre”. Demoledor. El niño no puede etiquetar lo que le ha pasado como abuso pero lo que grita es abuso. Más claro, agua. Él sabe perfectamente que las atenciones de su profesora son inadecuadas, y las quiere, sí, las necesita, pero no de ella, sino de su propia madre.

¿Dónde está esa madre para que una maestra ‘hambrienta’ elija a este niño como diana? Porque el que abusa sabe muy bien a quién elige, y elige al niño desprotegido y vulnerable. ¿Cómo sabe que lo es? Porque lo huele a distancia, lo reconoce igual que un depredador reconoce a su presa y sabe identificar cuál es la más débil. Lo reconoce porque también él ha sido niño vulnerable y muy posiblemente abusado, así que en ese escenario se siente como en casa. Aunque nuestra casa sea una leonera de caos, violencia y destrucción, es nuestra casa, es lo que conocemos, nuestra zona de confort y lo que nos resulta querido porque ahí pertenecemos. Y a pesar de la desestructuración (sobre todo emocional) amamos a nuestra familia y a nuestro hogar, porque es nuestro, lo único que tenemos. Luego, saldremos a la vida adulta y nos relacionaremos desde los mismos parámetros, porque eso es lo que hemos vivido y aprendido.

¿Quiere decir esto que todo niño desamparado se convierte en abusado y posteriormente en abusador? No necesariamente, aunque dicho pronto y claro, tiene muchas papeletas para que le toque el premio gordo en la rifa. Puede suceder, en el mejor de los casos, que el niño encuentre en su camino al "testigo auxiliador" del que habla Alice Miller: una persona que lo apoya, confía en él, le dedica un trato amable y le transmite que es valioso y merecedor de cariño. Así el niño, aunque en casa no tenga acceso a esa vivencia, puede experimentar algo cercano al amor para desarrollar confianza en sí mismo y en el prójimo. Si no tiene esta suerte, como dice Miller en su libro La madurez de Eva, "el niño glorifica la violencia allí donde los testigos auxiliares han faltado y la suele aplicar después él mismo con mayor omenor brutalidad y bajo el mismo pretexto farisaico." (pág. 10, edit. Paidós Contextos)

Seguro que la madre de Martin es una buena persona y la mejor madre que este niño puede tener; seguro que está matándose a trabajar para darle a su hijo ‘todo’ lo que necesita. Seguro. Aunque en realidad no lo sabemos. Porque, curiosamente, la madre no aparece en la película. Aparte de esa llamada de socorro final de Simon.

Las madres lo hacen siempre lo mejor que pueden con las herramientas que en ese momento tienen a su alcance. Pero eso a menudo no es suficiente y las crías humanas quedan desprotegidas. Cuando una madre tiene la mirada y la energía puesta en otros asuntos (el trabajo, sus propios padres, la pareja, la economía,...), esa energía y mirada las retira de otros lugares. Es así de simple. Esto no quiere decir que la madre tenga que mirar sólo y exclusivamente a sus crías sin espacio para nada más. Quiere decir que existen prioridades y las crías siempre deben estar en primer lugar.

Sólo crías desprotegidas pueden ser abusadas. Así que, por las razones que sea (y socialmente siempre encontramos maneras de justificar al adulto), la madre se convierte en entregadora y pone a su cría en bandeja de plata para el depredador hambriento.

Efectivamente, siempre encontramos maneras de justificar al adulto: se mataba a trabajar, llevaba la casa entera y mantenía a toda la familia, tenía que cuidar de sus padres ancianos y enfermos, había sufrido mucho durante su vida, había tenido muy mala suerte con sus parejas, el padre no ayudaba nada… Sin duda. Todo eso puede ser cierto y hay que mirarlo y validarlo (entre otras cosas, porque nada de eso es casual ni producto de un hado hostil).

Pero, por favor, en medio de todo esto, ¿dónde queda el niño? ¿Quién lo mira? ¿Quién valida sus emociones y vivencias? ¿Cuándo vamos a darle entidad y soporte a lo que el niño siente y a lo que le toca vivir? Porque el niño no puede elegir. Es dependiente de los adultos que lo ‘cuidan’. Es el adulto el que, si así lo elige, puede tomar conciencia de su realidad y ponerse del lado de la verdad y del bienestar del niño.

El abuso se viste de varias formas aunque el sexual, por ser el más desgarrador e impactante, es casi el único que entendemos como tal. Pero el abuso puede ser también emocional, cuando un adulto con carencias y dolores se ‘alimenta’ de la energía, la ternura, la inocencia y la dulzura de un niño, de la edad que sea. Ese adulto se ‘apropia’ de alguna manera de ese niño, que sin duda se deja 'querer', porque necesita mirada y atención; el adulto lo hace sin embargo desde una posición de poder en la que el niño tiene todas las de perder, por supuesto.

Los adultos deberíamos estar para nutrir y proteger a nuestros niños, no para nutrirnos nosotros de ellos. Eso es insalubre, antinatural, dañino, castrante. Si lo hacemos, siempre inconscientemente o arrastrados por una pulsión o automatismo que es más fuerte que nosotros, es porque nosotros mismos hemos sido y somos niños abusados, desamparados, solos. Pero ahora somos adultos y podemos hacernos responsables de nuestro ahora y de lo que hagamos con ello de cara al futuro. Esto requiere de valentía, de honestidad, de paciencia, y de un ejercicio interminable de concienciación, revisando nuestras historias, detectando nuestros automatismos, dándonos cuenta de cómo y cuándo sometemos nosotros a los demás (pequeños y mayores) a nuestros yugos personales. Mirando, mirando, mirando. Porque cada vez que miro estoy dejando que la luz entre en la sombra. La luz lo aclara todo, y así es como todo cobra sentido en el presente, gracias a la mirada al pasado, con la intención de construir un futuro más claro y saludable.

Porque, volviendo a Alice Miller, si no tuvimos la fortuna de dar con ese "testigo auxiliador" en la infancia, en la edad adulta tenemos la posibilidad de encontrar a nuestro "testigo conocedor" (o testigos, en plural), que en palabras de la autora es "la persona que conoce las consecuencias del desamparo y los malos tratos de los niños. En consecuencia, este testigo estará en disposición de socorrer a esas personas dañadas, manifestarles empatía y ayudarlas a comprender mejor esos sentimientos de miedo e impotencia tan arraigados en su historia y que ni ellas mismas comprenden, para poder percibir con mayor libertad las opciones del que hoy ya es adulto." (La madurez de Eva, págs. 10-11, edit. Paidós Contextos). Testigos conocedores pueden ser maestros, consultores, terapeutas, autores, escritores... Personas que sin duda han mirado su propia realidad primero, pues sólo así podrán acompañar al otro en el recorrido por la suya.

Laura Gutman nos enseña a mirar las vidas de las personas como escenarios en los que cada uno representa a un personaje. Los escenarios mirados en su globalidad hacen sentido siempre y mirarlos con detalle y desde cierta perspectiva nos ayuda a entender quiénes somos cada uno, qué nos pasa y por qué nos comportamos de la manera que lo hacemos. Nos invita a ampliar la mirada para incluir a todos los que tienen papel en esa escena, poniendo palabras a realidades que tal vez jamás se nombraron (abuso, abandono, violencia, desamparo, soledad, miedo,…) ; porque las personas necesitamos del lenguaje y las palabras para organizar nuestra psique y lo que no se nombra no queda registrado en el consciente humano.

Sin embargo, que quede relegado al inconsciente no significa que esté olvidado, puesto que nuestro cuerpo sigue teniendo registro de absolutamente todas y cada una de nuestras vivencias pasadas, especialmente las más traumáticas y dolorosas. Tal vez no porque sean más importantes, sino porque la tendencia es a ocultarlas, a hacer como que no existieron, y esa ‘mentira’ se va enquistando en nosotros con el paso de los años y a menudo, en nuestra edad adulta, da la cara de forma más evidente (nuevas relaciones de abuso, de violencia, diagnósticos y enfermedades…)

Así que el recorrido cronológico a través de la construcción de la biografía humana (la metodología de indagación personal que Laura Gutman amadrina) es una toma de conciencia sobre todas nuestras vivencias desde la infancia, para entender quiénes somos hoy y por qué nos pasa lo que nos pasa. No existen casualidades ni destion aciago. Existe un ‘guión’ perfectamente lógico y de una coherencia aplastante.

Si nos atrevemos a mirarlo tal vez estemos a tiempo de enmendar alguno de nuestros pasos, pudiendo comenzar a hacer de manera diferente desde ahora. Estaremos a tiempo también de liberar a nuestros niños (hijos, nietos, sobrinos, alumnos…) de los daños colaterales que la inconsciencia de nuestros personajes les pueden estar causando, y eso es un regalo para nuestro entorno más cercano y para toda la humanidad. Porque así estaremos haciéndonos responsables de nuestras vidas y podremos acompañar a niños que crezcan en la verdad y que estén libres de cargar con nuestros fantasmas.

Laura también nos ha enseñado a mirar películas desde esta perspectiva. Las películas son ficción pero la ficción siempre es reflejo de una realidad que la supera, y en ese sentido muchas películas están construidas conforme a una estructura psicológica muy estable y coherente, así que son susceptibles de servirnos bien de cara a practicar esta nueva mirada. Nos vamos acostumbrando poco a poco a ella, como si de llevar puestas unas gafas con cristales de color se tratase, y al ponérnoslas luego para mirar las vidas reales que nos rodean y de las que somos parte, comenzamos a hacer conexiones, a encajar piezas, a verles el sentido y la lógica. Entonces la realidad adquiere otro sentido y, aunque al principio duele, finalmente, libera.

Mirar películas (o leer novelas) es más fácil que mirarnos a nosotros, qué duda cabe. Pero es un buen ejercicio y también un principio. Todos podemos ser Simon, Alice, Martine, Bachir, las madres y los padres de esos alumnos... Todos hemos sido niños y llevamos a un niño dentro.

 


“[…] y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente recordar siquiera;
pero recuerdo, y recordando digo:
- Sí, yo era niño, y tú mi compañera.”


(Fragmento del poema LXVII de Antonio Machado)

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